

Reseña · disco · 2026
Nina PortelaEn Directo (En Vivo - Lucille)
El soul no tiene código postal
Por Trama Sonora · · 3 min de lectura
Cerramos los ojos y por momentos podríamos estar en un pequeño club del Greenwich Village de Nueva York. O en algún sótano del Soho londinense donde el blues, el soul y el rock todavía se tocan a pocos metros del público.
Pero no.
Estamos en Palermo, en el corazón de Buenos Aires.
Y en el escenario está Nina Portela.
Después de más de tres décadas de camino, Portela no necesita demostrar de dónde vienen sus influencias. Están ahí, naturalmente incorporadas a su manera de cantar. El blues, el soul, el funk, el jazz y el rock aparecen menos como géneros separados que como distintos colores dentro de una misma voz.
En Directo (En Vivo - Lucille) captura justamente eso: una intérprete en su hábitat natural.
No hay demasiados artificios ni necesidad de esconderse detrás de la producción. Hay una banda tocando, una cantante adelante y seis canciones que respiran como canciones de escenario: se estiran, cambian de intensidad, dejan espacio para los músicos y, sobre todo, para la interpretación.
El repertorio dice bastante sobre Nina.
El disco abre con “Tell It Like It Is”, ocho minutos que funcionan casi como una declaración de principios. No hay ansiedad por llegar al estribillo ni por respetar los tiempos de una playlist: la canción encuentra su propio pulso y la banda construye alrededor de la voz.
Más adelante aparece “Jealous Guy”, la composición de John Lennon que a lo largo de los años pasó por innumerables voces y estilos. En manos de Portela vuelve a sentirse como lo que siempre fue en el fondo: una canción frágil. La interpretación evita la imitación y busca otra cosa, apropiarse emocionalmente del tema.
Algo similar ocurre con “Roxanne”. Sacada del universo nervioso y filoso de The Police, encuentra acá otro cuerpo. Es justamente en esas elecciones donde el disco se vuelve interesante: las canciones son reconocibles, pero nunca parecen estar puestas simplemente para provocar reconocimiento.
Y cuando llega “Let's Get It On”, inevitablemente aparece la sombra monumental de Marvin Gaye. Meterse con una canción así requiere algo más que técnica. Nina la atraviesa desde su propio registro, apoyándose en una voz potente pero también cálida, capaz de pasar de la contención al desborde sin perder expresividad.
En medio de esos clásicos aparece “Magia Discreta”, que ayuda a entender que este concierto no pretende ser una colección de standards. El repertorio funciona como una conversación entre las canciones que formaron a Nina y la artista que esas canciones ayudaron a construir.
Quizás allí esté lo mejor del álbum.
Nina Portela no canta soul como quien visita un género. Lo canta como alguien que lleva viviendo dentro de él desde hace mucho tiempo.
La acompaña una banda a la altura de esa propuesta, entendiendo cuándo empujar y cuándo dejar aire. Porque en este tipo de música la excelencia no siempre está en tocar más. Muchas veces está exactamente en lo contrario: saber cuándo esperar.
El resultado tiene algo que ningún estudio puede fabricar del todo: la sensación de una noche.
Una voz, músicos tocando juntos, un escenario y canciones que conocemos pero que, durante unos minutos, vuelven a parecernos nuevas.
Abrimos los ojos.
No estamos en Nueva York.
No estamos en Londres.
Estamos en Buenos Aires.
Y tal vez esa sea precisamente la gracia: nunca hizo falta irse tan lejos.



